Existen tres expresiones linguísticas que tocan el tema de la convivencia en forma regulativa y funcional para lo que solemos entender como convivencia. Y, en mi opinión, implican la aceptación de las diferencias entre las personas y su entorno con la naturalidad propia de la diversidad de figura-fondo, forma, materia, perspectiva y puntos de observación y de vista.
El primero se expresa: "Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo."
El segundo dice: "Actúa de manera tal que la máxima surgida de tu accion pudiera ser principio de una legislación universal.
Y la tercera comprende tres reglas: 1. No te lastimes y no lastimes a otros; 2. Cuida de ti para poder cuidar a otros; 3. Utiliza todo para avanzar, para crecer, para conocerte a ti mismo.
En este discurso me detendré en el "Amar" de la primera expresión, por considerarla la menos clara del discurso. En efecto, Amar tiene dos connotaciones directas y muchas indirectas.
Las primeras son amor y amistad, que implican afinidad, sintonía y empatía natural en las relaciones interpersonales y grupales. En consecuencia, la convivencia es fluida y sin tropiezos, incluso en casos de perspectivas y puntos de vistas confrontados, que pudieran generar conflictos, confrontaciones y enemistades incidentales que requerirían de acciones de consideración especiales para la complementación de dichas diferencias.
Las connotaciones indirectas se refieren a la formación de contextos grupales de regularidad social, religiosa y política particularmente, que pudieran crear comportamientos y costumbres opuestas y contradictorias en el trato cotidiano de convivencia y solución de obstáculos comunes grupales.
Es aquí donde el término amor tiene importancia fundamental para establecer un substrato de entendimiento y solución de conflictos, diferencias y confrontaciones, sin que intervengan intolerancias personales y grupales que hagan de la convivencia un problema de salud y balance en la vida y cotidianidad de los individuos y grupos. De manera que, siempre, la armonía y bienestar estén presentes como fruto de un entendimiento agradable de convivencia e intercambio.
El primer elemento de este arte debe fundamentarse en el sistema educativo de los individuos en la escolaridad, mediante la introducción de elementos de autoconocimiento y conciencia que permitan que el mundo interior físico, emocional, imaginativo, mental, activo y reactivo esté presente como un "darse cuenta del 'mundo interno' frente al 'mundo externo' de cada individuo" en cada unidad de enseñanza aprendizaje, tanto para los docentes como para los receptores de la actividad docente.
El objeto de la actividad docente está enfocado actualmente en el "mundo externo", incluso lo relacionado con la anatomía, fisiología e higiene del individuo; y el ámbito subjetivo, incluso de la psicología, está enfocado desde una perspectiva objetiva, como si el mundo interno, que, en si, es un laboratorio de estudio, consideración y evaluación, constituyera un "algo exterior al individuo" y no el individuo mismo.
Así mismo, el mundo exterior al individuo es enfocado como "algo" cuya relación con la anatomía, fisiología e higiene del individuo estuviera contrapuesta a su "convivencia", en conflicto y contradicción con su sustento, complementaridad e interés de vida y mantenimiento como "opuesto", de alguna manera, indiferente y prescindible para la vida en comunidad y consideración.
El aprecio, respeto, delicadeza y consideración que forman parte de la tercera expresión enunciada para la convivencia, deberían constituir un contexto ampliado de convivencia que incluya al entorno en el cual se desarrolla y manifiesta La Vida en todas sus expresiones, valga la redundancia, para el inicio del proceso de enseñanza aprendizaje del individuo desde sus primeros años hasta su culminación formativa técnica, tecnológica, científica y profesional. Así como el autoconocimiento y conciencia como un "darse cuenta de su mundo interior frente a un mundo exterior" es requisito esencial de convivencia, también es necesario imbuir al individuo en un "darse cuenta de su particular presencia individual como parte de una Presencia Interior" de la que forma parte significativa de atención, cuido y consideración para la preservación de cuanto lo sustenta, alimenta y cobija, en El Universo que lo rodea, envuelve y llena.